He de dedicarte un verso distraido,
una tarde lluviosa o un día domingo.
Mientras no lo esperes,
llegará solito.
Nacerá viendo tu espalda,
sin saber de donde vino.
Nacerá al tomar tu mano,
o al mirarte de lejitos.
Escuchalo poco a poquito,
cómo cuando se escucha a un niño.
Guárdalo con mucho afecto.
Cuídalo, que es bendito.
Sabrás que lo dije yo porque será sincero.
Sabrás que lo dije yo porque te lo dire al ladito.
Y si mi verso te llega, y si mi verso es distraido.
Mírame a los ojos y yo te responderé muy lento:
Que recuerdes que te amo.
Que somos nubes de un mismo viento.
- Astronauta
De vez en cuando los monstruos se asoman por el armario.
Dan vueltas, se suben a los cajones. Brincan. Rien. Comen. Cagan.
Nos llaman y respondemos, les contamos nuestras vidas, rugen.
Y los monstruos se nos van metiendo, entre los ojos y por las narices.
Nos muerden los cachetes mientras nos callan la lengua.
Se abren agujeritos entre nuestra piel y taladran la boca.
Se devoran los cómo, los cuando, los donde, los cuales, los quienes.
Y nos dejan nada más los puros huesitos. Las puras dudas.
Apiladitos, apretaditos, al lado de la cama.
Distraidos se levantan al espejo y contemplan con terror canino.
Que los monstruos nos convertimos en lo que comemos.
Que los monstruos nosotros somos.

Tu cabello, piel de musa.
Fragmentado en distancias cortas.
Relegado a segmentos suaves.
Inmune a besos.
Suceptible al tacto.
Baila entre mis sueños recurrentes.
En el vaivén de un flujo intangible.
Viajo, caminando a prisa.
Quizás mis pies esten hechos de fuego.
No hay distancias cortas, ni caminos eternos.
