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Oct 2 / Van

Raúl, el viajero del tiempo

Aun recuerdo a Raúl, el primero de los viajeros del tiempo que tuve la oportunidad de conocer.

Contrario a la creencia popular, los viajeros siempre están ocupados y paradójicamente casi nunca ‘tienen tiempo’ para detenerse y charlar un poco con uno. El tiempo fluye de manera distinta para ellos, puedes tener un encuentro con ellos mientras son viejos, y días mas tarde, volver a encontrártelos años mas jóvenes. Su línea temporal no es continua, como la nuestra. Además, no suelen vivir mucho tiempo en un lugar, pues se aburren con mucha facilidad.

Conocí a Raúl gracias a que nos visitaba a  mí y a algunos de los amigos con los que me frecuentaba en la secundaria.  Siempre nos pedía ayuda para encontrar objetos o aparatos fáciles de encontrar. Algunas veces también le ayudábamos a capturar pequeños animales o a conseguir monedas y billetes de otros países. Aunque el afirmaba que eran “regalos” que necesitaba para un intercambio entre diferentes eras, nosotros siempre lo considerábamos como un coleccionista chiflado.

La idea de que pudiera viajar en el tiempo, siempre nos pareció absurda, pero lo seguíamos ayudando simplemente porque nos parecía divertido. Muchas de sus frases, ocasionaban comentarios burlones de algunos de nosotros, cosa que a él nunca pareció importarle.

“Oye, Raúl. ¿Cómo se limpiaban la cola los egipcios, usaban rollos de papiro, o que pedo?”

A pesar de las crueles preguntas que le hacíamos, siempre nos daba una respuesta, con una tranquilidad y seguridad que pocas veces había visto. Si no hubiese sido porque lo que nos contestaba siempre sonaba tan disparatado, seguramente le hubiera creído desde el primer momento (de lo cual me arrepentiría después). Lo más fácil en ese entonces era tomarlo como una buena broma, y una forma entretenida de pasar el tiempo. Además, nos regalaba los chocolates más deliciosos que haya probado nunca (aunque lamentablemente nunca pude determinar el sabor de la fruta que tenían dentro).

Pasó el tiempo y un día simplemente dejó de visitarnos. Fue en su ausencia cuando comencé a creer que en realidad, siempre fue lo que aseguraba ser, y me arrepentí de no haber aprovechado esa oportunidad única para preguntarle todas las dudas que me surgieron en relación al tiempo.

Afortunadamente, volví a saber de él muchos años después.

Un día, mientras estaba en la universidad, se presento con toda la naturalidad del mundo, y me pidió que le ayudara a buscar de nuevo, objetos que necesitaba para uno de sus encargos. Sobra decir que no dude un solo instante en aceptar ayudarlo de nuevo.

A pesar de los años, su apariencia no pareció cambiar en lo absoluto. Era tal como lo recordaba, y casi podría jurar que usaba la misma ropa con la que lo vi la última vez: un ridículo pantalón violeta y una camisa rosa, con diseño floral.

Siempre se refería a mí como la persona “más confiable de la época”, y como alguien “de poca influencia temporal, y corto riesgo catastrófico”. Supongo que era la manera sutil de decirme que era lo suficientemente insignificante como para ocasionar una alteración en el tiempo.

Fueron varias visitas que me hizo, y en cada una me pedía le ayudara a conseguir objetos comunes: Celulares, calculadoras, relojes, y a veces artefactos los cuales no conocía su existencia.

-Necesito que me consigas un “metulometro”.
– ¿Eso para qué sirve?
– Mide el miedo.
– No, Raúl, eso no existe.
– Oh, lo siento. No debías saberlo. Supongo que aun no lo inventan. Olvida que lo mencioné, ¿de acuerdo? .

Obviamente, las cosas que más me pedía que olvidara, son las que más vivamente recuerdo. ¿Cómo sacas de tu memoria la idea de que hubiera aparatos capaces de matar con la mente, pastillas que pueden curar cualquier enfermedad, o agua con sabor a Doritos con chile?  La simple idea de pensar que en cualquier momento pudieran inventarse, me aterrorizaba.

Cuando no estábamos ocupados buscando objetos, solía contarme de los lugares que había visitado. Me describía las maravillas de las civilizaciones en la antigüedad, y me confesó que el mundo es mucho más antiguo de lo que cualquier historiador “de la época” era capaz de determinar. Incluso me mostro algunas fotos y documentos, mismos que no podría ni siquiera comenzar a describir con palabras; son imágenes que se quedarán para siempre grabadas en lo más profundo de mi memoria.

– Raúl, ¿falta mucho para que se acabe el mundo?
– Cuando vuelva a pasar, no estarás aquí, te lo aseguro.
– ¿Volver a pasar?¿Se ha acabado varias veces?
– Si, es algo que ocurre cada cierto tiempo. Pero no se destruye, se renueva. Y no, aun falta un poco de tiempo para el siguiente “ciclo”.
– ¡Que bueno que los hombres no vivimos cientos de años!

Le pedí que me llevara, que  quería ver algún acontecimiento importante: una guerra, por ejemplo, pero siempre se negaba argumentando que son momentos que los viajeros prefieren evitar, o “saltarse” como el decía. Además, me explico que el transportar a una persona consigo, era una tarea difícil, y no debía hacerse a menos que fuera extremadamente necesario.

– Me gustaría ser un viajero del tiempo como tú, Raúl.
– Ya lo eres.
– ¿De verdad?
– Si, todos los somos. En estos momentos, mientras vives, estas viajando en el tiempo hacia el futuro. ¿No te das cuenta? La diferencia entre tú y yo, es que nos movemos a distinta velocidad.

3 Comments

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  1. nara / Oct 12 2009

    loving it!

  2. Danielle / Oct 15 2009

    No parece cuento. Parece realidad, pues eso existe, solo que no se quieren dar cuenta de ello, y cuando se convenzan a sí mismos, así será.

    😉

  3. Julio / Oct 26 2009

    Me gustó mucho! y la frase final fue muy buena. Seguiré leyéndote, ja ja.

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