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Nov 26 / Van

El suicida y la adivina.

Me acerqué a la anciana que estaba sentada en el mercado. Se encontraba sentada en el piso, sobre un pequeño tapete donde acomodaba ropa y algunos instrumentos.

Vengo a que me lea la suerte, Señora Milán.- dije inclinándome hacia ella.

Era bien sabido que no podía escuchar muy bien, y que le costaba trabajo entender algunas frases. La anciana gruño y dijo unas cuantas palabras entre para si que no pude entender, e hizo señas para que me sentara en el tapete frente a ella. Una vez en el piso me dijo con un acento claramente extranjero:

¿Samuel, que es lo quieres saber?

Un sudor frío recorrió mi cuerpo. Era la primera vez que visitaba a la anciana, y no había forma de que ella supiera mi nombre.

Quiero que me diga cuando, donde y como moriré.

Pareció pensarlo un poco, movió un poco la cabeza, y dijo:

No es algo que la gente pregunte muy a menudo, ni algo que sea conveniente saber. Para mi, no hay ningún problema en decírtelo. Me da igual. Pero para ti, podría  causarte un trauma terrible e irreversible. Nunca me equivoco, y lo que sea que te diga, será imposible de evitar. ¿Realmente estas seguro?.

Volví a titubear un poco y trague saliva. No tenía miedo a lo que me fuera a decir, pero me era casi imposible mantenerme calmado. Había viajado mucho para llegar hasta allí, y no quería que aquella visita fuera en vano.

Si señora, estoy consciente de las consecuencias. Le pido que me diga cuanto detalle logre saber, entre mas, mejor. Es algo de vital importancia para mi.

La anciana pareció gruñir y soltó un par de frases en una lengua extraña. Estoy seguro que de haberla podido entender, me hubiera dicho algo parecido a “Es tu problema”. Después, me pidió que le diera las manos y las apretó con fuerza. Con los ojos cerrados, alzo la cabeza hacia el cielo mientras yo la observaba. Permanecimos así unos cuantos minutos, inmóviles como estatuas, en medio de toda la gente. Sus manos me transmitían un frío espantoso. Incluso podría haber jurado que quien me estaba sujetando era un muerto.

Cuando bajó la cabeza, abrió los ojos y me dijo:

Siento dudas en ti. Veo dolor, angustia. Tus caminos están torcidos, y ahora miras hacia lugares que sabes no te llevan a ninguna parte. Estas solo. No tienes a nadie que te aconseje ni que te guíe. Tomas tus decisiones basadas en tu propia intuición, y estas acostumbrado a equivocarte. Pero tus equivocaciones, se han ido acumulando, y te pesan. Te pesan tanto que no podrás cargarlas durante mucho tiempo. Te devorarán por completo. Tu fecha de muerte, es mas pronto de lo que creía, y algo que tu ya debes de saber muy bien. Hoy, morirás asesinado por tus propias culpas. Hoy, tu alma no podrá soportar el peso de tus equivocaciones. Hoy  cometerás suicidio y morirás. Solo.

Su mirada penetro en mis pupilas, con cada palabra que decía, sentía como si una aguja penetrara mi corazón. Ella estaba en lo correcto, ella sabia lo que pensaba y lo que planeaba hacer. Hasta ese momento, había cargado mucho odio hacia mi persona, había muchas cosas de las que me arrepentía, y sabía exactamente como terminar con aquel dolor.

Después de esas palabras, el frío de sus manos pareció recorrer el resto de mi cuerpo, causándome un gran dolor. Por un momento me hizo olvidar toda la frustración que venía cargando. Ese frío que me hacia sentir una aberración insana hacia ella, que me hacia desear que me soltara, deseaba alejarme lo mas pronto posible, y salir corriendo.

Sus manos me liberaron y sentí como el calor poco a poco volvía a recorrer mi cuerpo. Dejé un billete en la lata que estaba junto a ella, y me levanté sin decirle una sola palabra. Aun sentía frío.

Entré al carro, y llegué a  mi casa lo mas rápido que pude. Comencé a hacer los preparativos según el plan que había imaginado desde hace poco menos de dos semanas. Estaba decidido desde un principio lo que debía hacerse. Miles de pensamientos rodeaban mi mente. Y el ultimo de ellos era el miedo.

Sin embargo, y a pesar de que había planeado morir aquel día, me fue inevitable recordar la mirada fría y perdida de la vieja, y de sus manos sujetándome con fuerza. Sentí una repugnancia terrible hacia ella, y hacia sus palabras, e incluso, por momentos, volvía a sentir el frío que me provocaba al sujetarme.

Las personas que me hablaron de ella, quienes me la recomendaron, me habían dicho que nunca se equivocaba. Incluso ella misma lo afirmaba con plena confianza. Me contaron que había resuelto varios asesinatos con la ayuda de la policía hace algunos años. Era la adivina perfecta, con un registro perfecto, daba instrucciones precisas de como sucederían las cosas, sin dejar espacio para la interpretación del oyente.

Pero, pese a que ella afirmaba predecir la verdad, y nunca equivocarse, en realidad quien tenia el control de lo que pasaría era yo. Yo controlaba mi futuro y mi muerte. Podría demostrarle a la anciana que podía equivocarse, que no era mucho menos perfecta que yo. Podia tomar las riendas de mi futuro, y decidir que es lo que pasaría. Solo yo.

Me amarré la soga al cuello, y ante la mirada atónita de mi gato, cerré los ojos.

Solo veía el rostro de la vieja repitiéndome mi muerte inevitable. Diciéndome que mi vida era terrible, caótica, incorregible. Pensé en los errores que me atormentaban y en lo mucho que había deseado que todo terminara. Pero no podía, no tuve fuerzas para saltar. Algo que hasta el momento no he podido describir, me lo impedía.

Con cuidado, me quité la soga del cuello, y me tiré al piso llorando, como un niño pequeño, hasta quedarme dormido.

No tenía idea de lo que había hecho. Sin saberlo, había desobedecido las ordenes del mismo destino, y roto las reglas de lo que se había tenido dictado para mi desde antes de que hubiera nacido.

Allí dormido, era incapaz de imaginarme las consecuencias que estaba a punto de desatar, ignorante de lo que estaba a punto de vivir a continuación. Cometí un error, el mas grave de todos, y fuerzas que esta mas allá de cualquier hombre me harían reponerlo a toda costa.

Esta vez, no sería perdonado.

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