Dice Borges:
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. …
La Biblioteca de Babel, desde el punto de vista del autor, es una biblioteca enorme de libros finitos, en cuyos tomos se puede encontrar cualquier libro (se hubiese o no escrito alguna vez), por ejemplo:
… la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cautivado por este cuento, y en vista que necesito generar portafolio de código “libre” para demostrar mis conocimientos en PHP, se me vino a la cabeza la idea de simular (en forma de algoritmo y siguiendo todas las reglas planteadas por Borges) dicha biblioteca.
¿Que pasaría si encontraras un libro al azar y abrieras sus hojas?
Baja un ejemplar (completamente único y gratuito) de la Biblioteca Digital de Babel desde aqui. El código fuente, para quien le interese, se encuentra aca.
Quizás la mayoría de los ejemplares no tengan coherencia alguna, pero entre miles de posibilidades de obtener una importante revelación, ¿quien podría negarse a intentarlo?.
Me acerqué a la anciana que estaba sentada en el mercado. Se encontraba sentada en el piso, sobre un pequeño tapete donde acomodaba ropa y algunos instrumentos.
- Vengo a que me lea la suerte, Señora Milán.- dije inclinándome hacia ella.
Era bien sabido que no podía escuchar muy bien, y que le costaba trabajo entender algunas frases. La anciana gruño y dijo unas cuantas palabras entre para si que no pude entender, e hizo señas para que me sentara en el tapete frente a ella. Una vez en el piso me dijo con un acento claramente extranjero:
-¿Samuel, que es lo quieres saber?
Un sudor frío recorrió mi cuerpo. Era la primera vez que visitaba a la anciana, y no había forma de que ella supiera mi nombre.
- Quiero que me diga cuando, donde y como moriré.
Pareció pensarlo un poco, movió un poco la cabeza, y dijo:
- No es algo que la gente pregunte muy a menudo, ni algo que sea conveniente saber. Para mi, no hay ningún problema en decírtelo. Me da igual. Pero para ti, podría causarte un trauma terrible e irreversible. Nunca me equivoco, y lo que sea que te diga, será imposible de evitar. ¿Realmente estas seguro?.
Volví a titubear un poco y trague saliva. No tenía miedo a lo que me fuera a decir, pero me era casi imposible mantenerme calmado. Había viajado mucho para llegar hasta allí, y no quería que aquella visita fuera en vano.
- Si señora, estoy consciente de las consecuencias. Le pido que me diga cuanto detalle logre saber, entre mas, mejor. Es algo de vital importancia para mi.
La anciana pareció gruñir y soltó un par de frases en una lengua extraña. Estoy seguro que de haberla podido entender, me hubiera dicho algo parecido a “Es tu problema”. Después, me pidió que le diera las manos y las apretó con fuerza. Con los ojos cerrados, alzo la cabeza hacia el cielo mientras yo la observaba. Permanecimos así unos cuantos minutos, inmóviles como estatuas, en medio de toda la gente. Sus manos me transmitían un frío espantoso. Incluso podría haber jurado que quien me estaba sujetando era un muerto.
Cuando bajó la cabeza, abrió los ojos y me dijo:
- Siento dudas en ti. Veo dolor, angustia. Tus caminos están torcidos, y ahora miras hacia lugares que sabes no te llevan a ninguna parte. Estas solo. No tienes a nadie que te aconseje ni que te guíe. Tomas tus decisiones basadas en tu propia intuición, y estas acostumbrado a equivocarte. Pero tus equivocaciones, se han ido acumulando, y te pesan. Te pesan tanto que no podrás cargarlas durante mucho tiempo. Te devorarán por completo. Tu fecha de muerte, es mas pronto de lo que creía, y algo que tu ya debes de saber muy bien. Hoy, morirás asesinado por tus propias culpas. Hoy, tu alma no podrá soportar el peso de tus equivocaciones. Hoy cometerás suicidio y morirás. Solo.
Su mirada penetro en mis pupilas, con cada palabra que decía, sentía como si una aguja penetrara mi corazón. Ella estaba en lo correcto, ella sabia lo que pensaba y lo que planeaba hacer. Hasta ese momento, había cargado mucho odio hacia mi persona, había muchas cosas de las que me arrepentía, y sabía exactamente como terminar con aquel dolor.
Después de esas palabras, el frío de sus manos pareció recorrer el resto de mi cuerpo, causándome un gran dolor. Por un momento me hizo olvidar toda la frustración que venía cargando. Ese frío que me hacia sentir una aberración insana hacia ella, que me hacia desear que me soltara, deseaba alejarme lo mas pronto posible, y salir corriendo.
Sus manos me liberaron y sentí como el calor poco a poco volvía a recorrer mi cuerpo. Dejé un billete en la lata que estaba junto a ella, y me levanté sin decirle una sola palabra. Aun sentía frío.
Entré al carro, y llegué a mi casa lo mas rápido que pude. Comencé a hacer los preparativos según el plan que había imaginado desde hace poco menos de dos semanas. Estaba decidido desde un principio lo que debía hacerse. Miles de pensamientos rodeaban mi mente. Y el ultimo de ellos era el miedo.
Sin embargo, y a pesar de que había planeado morir aquel día, me fue inevitable recordar la mirada fría y perdida de la vieja, y de sus manos sujetándome con fuerza. Sentí una repugnancia terrible hacia ella, y hacia sus palabras, e incluso, por momentos, volvía a sentir el frío que me provocaba al sujetarme.
Las personas que me hablaron de ella, quienes me la recomendaron, me habían dicho que nunca se equivocaba. Incluso ella misma lo afirmaba con plena confianza. Me contaron que había resuelto varios asesinatos con la ayuda de la policía hace algunos años. Era la adivina perfecta, con un registro perfecto, daba instrucciones precisas de como sucederían las cosas, sin dejar espacio para la interpretación del oyente.
Pero, pese a que ella afirmaba predecir la verdad, y nunca equivocarse, en realidad quien tenia el control de lo que pasaría era yo. Yo controlaba mi futuro y mi muerte. Podría demostrarle a la anciana que podía equivocarse, que no era mucho menos perfecta que yo. Podia tomar las riendas de mi futuro, y decidir que es lo que pasaría. Solo yo.
Me amarré la soga al cuello, y ante la mirada atónita de mi gato, cerré los ojos.
Solo veía el rostro de la vieja repitiéndome mi muerte inevitable. Diciéndome que mi vida era terrible, caótica, incorregible. Pensé en los errores que me atormentaban y en lo mucho que había deseado que todo terminara. Pero no podía, no tuve fuerzas para saltar. Algo que hasta el momento no he podido describir, me lo impedía.
Con cuidado, me quité la soga del cuello, y me tiré al piso llorando, como un niño pequeño, hasta quedarme dormido.
No tenía idea de lo que había hecho. Sin saberlo, había desobedecido las ordenes del mismo destino, y roto las reglas de lo que se había tenido dictado para mi desde antes de que hubiera nacido.
Allí dormido, era incapaz de imaginarme las consecuencias que estaba a punto de desatar, ignorante de lo que estaba a punto de vivir a continuación. Cometí un error, el mas grave de todos, y fuerzas que esta mas allá de cualquier hombre me harían reponerlo a toda costa.
Esta vez, no sería perdonado.
Aun recuerdo a Raúl, el primero de los viajeros del tiempo que tuve la oportunidad de conocer.
Contrario a la creencia popular, los viajeros siempre están ocupados y paradójicamente casi nunca ‘tienen tiempo’ para detenerse y charlar un poco con uno. El tiempo fluye de manera distinta para ellos, puedes tener un encuentro con ellos mientras son viejos, y días mas tarde, volver a encontrártelos años mas jóvenes. Su línea temporal no es continua, como la nuestra. Además, no suelen vivir mucho tiempo en un lugar, pues se aburren con mucha facilidad.
Conocí a Raúl gracias a que nos visitaba a mí y a algunos de los amigos con los que me frecuentaba en la secundaria. Siempre nos pedía ayuda para encontrar objetos o aparatos fáciles de encontrar. Algunas veces también le ayudábamos a capturar pequeños animales o a conseguir monedas y billetes de otros países. Aunque el afirmaba que eran “regalos” que necesitaba para un intercambio entre diferentes eras, nosotros siempre lo considerábamos como un coleccionista chiflado.
La idea de que pudiera viajar en el tiempo, siempre nos pareció absurda, pero lo seguíamos ayudando simplemente porque nos parecía divertido. Muchas de sus frases, ocasionaban comentarios burlones de algunos de nosotros, cosa que a él nunca pareció importarle.
“Oye, Raúl. ¿Cómo se limpiaban la cola los egipcios, usaban rollos de papiro, o que pedo?”
A pesar de las crueles preguntas que le hacíamos, siempre nos daba una respuesta, con una tranquilidad y seguridad que pocas veces había visto. Si no hubiese sido porque lo que nos contestaba siempre sonaba tan disparatado, seguramente le hubiera creído desde el primer momento (de lo cual me arrepentiría después). Lo más fácil en ese entonces era tomarlo como una buena broma, y una forma entretenida de pasar el tiempo. Además, nos regalaba los chocolates más deliciosos que haya probado nunca (aunque lamentablemente nunca pude determinar el sabor de la fruta que tenían dentro).
Pasó el tiempo y un día simplemente dejó de visitarnos. Fue en su ausencia cuando comencé a creer que en realidad, siempre fue lo que aseguraba ser, y me arrepentí de no haber aprovechado esa oportunidad única para preguntarle todas las dudas que me surgieron en relación al tiempo.
Afortunadamente, volví a saber de él muchos años después.
Un día, mientras estaba en la universidad, se presento con toda la naturalidad del mundo, y me pidió que le ayudara a buscar de nuevo, objetos que necesitaba para uno de sus encargos. Sobra decir que no dude un solo instante en aceptar ayudarlo de nuevo.
A pesar de los años, su apariencia no pareció cambiar en lo absoluto. Era tal como lo recordaba, y casi podría jurar que usaba la misma ropa con la que lo vi la última vez: un ridículo pantalón violeta y una camisa rosa, con diseño floral.
Siempre se refería a mí como la persona “más confiable de la época”, y como alguien “de poca influencia temporal, y corto riesgo catastrófico”. Supongo que era la manera sutil de decirme que era lo suficientemente insignificante como para ocasionar una alteración en el tiempo.
Fueron varias visitas que me hizo, y en cada una me pedía le ayudara a conseguir objetos comunes: Celulares, calculadoras, relojes, y a veces artefactos los cuales no conocía su existencia.
-Necesito que me consigas un “metulometro”.
- ¿Eso para qué sirve?
- Mide el miedo.
- No, Raúl, eso no existe.
- Oh, lo siento. No debías saberlo. Supongo que aun no lo inventan. Olvida que lo mencioné, ¿de acuerdo? .
Obviamente, las cosas que más me pedía que olvidara, son las que más vivamente recuerdo. ¿Cómo sacas de tu memoria la idea de que hubiera aparatos capaces de matar con la mente, pastillas que pueden curar cualquier enfermedad, o agua con sabor a Doritos con chile? La simple idea de pensar que en cualquier momento pudieran inventarse, me aterrorizaba.
Cuando no estábamos ocupados buscando objetos, solía contarme de los lugares que había visitado. Me describía las maravillas de las civilizaciones en la antigüedad, y me confesó que el mundo es mucho más antiguo de lo que cualquier historiador “de la época” era capaz de determinar. Incluso me mostro algunas fotos y documentos, mismos que no podría ni siquiera comenzar a describir con palabras; son imágenes que se quedarán para siempre grabadas en lo más profundo de mi memoria.
- Raúl, ¿falta mucho para que se acabe el mundo?
- Cuando vuelva a pasar, no estarás aquí, te lo aseguro.
- ¿Volver a pasar?¿Se ha acabado varias veces?
- Si, es algo que ocurre cada cierto tiempo. Pero no se destruye, se renueva. Y no, aun falta un poco de tiempo para el siguiente “ciclo”.
- ¡Que bueno que los hombres no vivimos cientos de años!
Le pedí que me llevara, que quería ver algún acontecimiento importante: una guerra, por ejemplo, pero siempre se negaba argumentando que son momentos que los viajeros prefieren evitar, o “saltarse” como el decía. Además, me explico que el transportar a una persona consigo, era una tarea difícil, y no debía hacerse a menos que fuera extremadamente necesario.
- Me gustaría ser un viajero del tiempo como tú, Raúl.
- Ya lo eres.
- ¿De verdad?
- Si, todos los somos. En estos momentos, mientras vives, estas viajando en el tiempo hacia el futuro. ¿No te das cuenta? La diferencia entre tú y yo, es que nos movemos a distinta velocidad.
